EL FOLKLORE

Más allá de Ferias, Fiestas y Reinados (3).

Luis Enrique Aragón Farkas

Para concretar una definición más clara y concisa de lo que es el folklore como cultura, las características de sus haberes y la composición y localización de sus comunidades, acordes a la realidad histórica actual, acudimos a los investigadores Isabel Aretz y Manuel Dánemann, en sus trabajos “Folklore y Cultura Popular. Equívocos” y “El Folklore Como Cultura”

”Dice Isabel Aretz”: Todas las personas de todas las clases sociales, […] constituimos parte de la masa que navega en la cultura hecha para todos. La cultura hecha para todos viene a ser un eufemismo de sociedad de consumo o cultura globalizada, cuyo patrimonio lo constituyen los haberes producidos por las grandes empresas supranacionales (marcas, ídolos, tecnología, records, etc.).

“El folklore constituye un aspecto una faceta de esta cultura. Es lo que nos distingue regionalmente frente a la red cultural propia de otras regiones. La que nos ubica nacionalmente frente a la de otras naciones, la que nos identifica como pueblo de una latitud frente a pueblos de otras latitudes. Y la que nos representa regionalmente dentro de un país.”

Siendo un aspecto o una faceta de esta cultura, donde se desenvuelve un sinnúmero de culturas (religiosas, políticas, sociales, etc.), la cultura folklórica o cultura hecha por el pueblo, requiere caracterizarse específicamente para diferenciarse de esas otras culturas, características que Aretz precisa claramente frente a la cultura hecha para el pueblo (nos distingue y representa regionalmente, nos ubica nacionalmente y nos identifica como pueblo).

Y termina proponiendo volver al término folklore para designar “la cultura oral tradicional del pueblo,” y una cruzada que defina con el específico nombre de folklore: “A toda la cultura hecha por el pueblo frente a la cultura hecha para el pueblo.”

El chileno Manuel Dáneman afirma: “se podría entender el folklore como un grado, como un nivel de la cultura general, el más alto, el más intenso, de ésta, en cuanto a sus funciones de identidad, de cohesión social, de pertenencia recíproca del uso de los bienes que un grupo comunitariamente ha hecho suyos, y de comunicación directa e inmediata de ese uso.

” Dáneman confirma a Aretz, enfatizando en las funciones de identidad y de cohesión social de la cultura folklórica, de custodia, de usufructo y de difusión y manifestación de los bienes que el pueblo ha hecho suyos.

Agrega Dánemann: “en un sentido estricto, comunidad folklórica no es esencialmente un conjunto de individuos, estable en su composición y en su permanencia […], sino que es una incorporación o participación de una o más personas en un comportamiento configurado y consagrado por el usufructo tradicional de bienes con función autónoma de comunes, propios, aglutinantes y representativos respecto de esas personas. […], cuando el comportamiento folklórico cesa ─faena comunitaria de cosecha en beneficio de uno de los participantes, reunión de formulación de adivinanzas─ desaparece la comunidad folklórica…”

Expone Dáneman, además del concepto clásico de comunidad folklórica permanente, el de una comunidad folklórica que llamaremos intermitente, activada por el usufructo tradicional, comunitario y funcional de sus bienes con función autónoma de comunes, propios, aglutinantes y representativos respecto de los individuos que conforman la comunidad intermitente, comunidad que cesa en la medida que dejan de manifestarse la difusión y el goce de estos bienes.

En la práctica, las comunidades folklóricas intermitentes son más comunes de lo que parece expresar la teoría. Es el caso de los innumerables festivales y encuentros de música folklórica, autóctona o vernácula que se realizan a lo largo y ancho del país. Tomemos como ejemplo, para no ir muy lejos, un evento de los afectos y del conocimiento del suscrito, el Festival de la Música Colombiana, que anualmente realiza la Fundación Musical de Colombia en nuestra ciudad. Mientras la organización del Festival convoca a creadores, artistas y seguidores, la ciudad sigue su ritmo de vida normal, característica de las culturas occidentales globalizadas o cultura hecha para todos. Cuando la convocatoria se realiza, empiezan a conformarse las comunidades y a colmarse las calles de personas interesadas en el usufructo común y cohesionador de hacer y escuchar Música Andina Colombiana, que es una manifestación folklórica o cultura hecha por el pueblo. Se termina el Festival, desaparece la comunidad para volver a activarse en el futuro, según las convocatorias del Festival.

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