¿Qué haces aquí, Elías?

Semblanza de la última misión del presbítero Luis Armando Mejía J.,

párroco de San Judas Tadeo en Santa Elena, Ibagué

            Como todos los domingos a las cuatro y cincuenta y cinco de la tarde, Monseñor Mejía dejó el confesionario y caminó parsimoniosamente a lo largo del templo. La firmeza de sus pasos no dejaba ver la pobreza de su atuendo. El alba, tan limpia como raída, le quedaba corta y dejaba ver unas medias negras en sus zapatos grandes; una estola morada colgaba alrededor de su cuello, las gruesas gafas de toda la vida enmarcaban sus ojos. Como siempre, se arrodilló respetuoso ante el Santísimo, a pesar de las dificultades que tenía para poner la rodilla en tierra y levantarse. Ya en la sacristía, se cubrió con la casulla roja y se metió en la fila de los monaguillos. Las campanas dieron el tercer toque, la voz gruesa del cantor llenó la iglesia y el párroco subió al altar con su séquito. La misa comenzó tranquilamente, como era habitual, a las cinco en punto. Monseñor tenía el poder de hacer muchas cosas en cinco minutos.

Con su dicción casta pasó sin tropiezos por el acto de contrición, la recitación del gloria, la respuesta a los salmos y la lectura del evangelio. De repente, una nube cubrió el sol. Hubo una breve penumbra. Hizo calor. La fulminante chispa de la mirada del padre ahogó de tajo el fastidioso sonido de un celular.

— Que Monseñor para acá, que Monseñor para allá… —comenzó furioso— creen que pueden engañarme… —y casi gritando, remató— ¡Vienen a ‘lamberme’ mientras que sus ojos cochinos me miran como a una mierda!

La mujer sentada junto a mí intentó mirarme, pero se contuvo. Yo tampoco me moví, por el mismo respeto, pero sonreí en mis adentros. El primer relámpago de fraternidad con Mejía me había tomado por sorpresa. Liberado del castellano impecable de todos los días, el cura se despachó sin remordimientos.

—¡Los ricos!… el bautismo y la primera comunión son ‘puras’ excusas para la borrachera…

La mujer a mi lado y yo comprendimos. ‘Unos ricos de Ibagué’ habían venido a pedirle favores especiales para una ceremonia de bautismo con desdén y melosería.

Hacía ya tiempo que sentía simpatía por el viejo padre. En el púlpito era temible, sobre todo cuando estaba cabreado; pero al saludar irradiaba amor y paz. Lo recuerdo con claridad, muy calmado en una misa de seis de la tarde, cuando ya estaba oscuro afuera del templo, disponiendo el altar con tranquilidad, entre las cálidas luces de ámbar del altar. Era como esos maestros que se recuerdan con cariño. Más tarde supe, de primera mano, que había sido un profesor extraordinario en el Seminario Menor de Ibagué. También fue rector del Colegio Tolimense, en dos ocasiones.

Su prédica era superior a la de los demás curas porque explicaba el mensaje de Dios desvelando con sencillez y humildad una belleza que no se lee con facilidad, como en literatura o estética. A menudo buscaba unas palabras que resumieran las lecturas diarias de la misa; a veces, una metáfora esencial.

—La palabra de hoy es “silencio”. Dios es leve susurro porque fue en la cueva y en la brisa suave donde se manifestó al profeta Elías, mas no en el huracán, el terremoto o el incendio.

O también,

—La Virgen María es casa de oro  y arca de la alianza —pensaba en  domus aurea et foederis arca, pues ya no presumía del latín que seguía leyendo en secreto todos los días— porque fue digna de llevar a Dios en su vientre.

El viejo párroco estaba enfermo. Dormía poco y mal. Pasaba sus insomnios luchando contra las intrigas que el diablo le tejía en la cabeza, con ayuda de San Miguel Arcángel. La luz del día le traía siempre la victoria y la fuerza renovadora. Se desayunada con abundancia. Luego venían las innumerables responsabilidades de la parroquia: las misas, los bautismos, las primeras comuniones, las bodas, las visitas a los enfermos, las confesiones, el estudio de la Biblia, la lectura de la nueva encíclica, las últimas directrices del Arzobispo, el rosario de aurora, la hora santa, los mercados para los pobres, la atención a los visitantes inesperados, las organizaciones de laicos, el cuidado del templo y la capilla del Santísimo, la supervisión de los otros curas que vivían bajo su techo, las niñerías de los acólitos, el diácono inexperto, la paga del cantor… Y todo eso sin contar los arreglos especiales que traían la Navidad, la Semana Santa, las fiestas de  los santos… Recuerdo cuando se dañó el desvencijado armonio, que hubo de ser remplazado por un moderno órgano electrónico Yamaha.

Siempre sacó, por sobre todo, tiempo para la oración.

A veces tenía que ir ‘al centro’ (de la ciudad) a hacer ‘diligencias’. En tales ocasiones se ponía con piadoso orgullo su viejísima sotana gris de paño fino y muchos botones —unos treinta, dispuestos en larga fila desde el hombro izquierdo hasta el suelo—. Era la ocasión para llamar a un viejo chofer, quien limpiaba y sacaba del garaje el ya muy gastado, pero bien cuidado, carro —por el cual, en otras épocas, había sido inculpado de falta contra la pobreza—.

Todas, todas estas responsabilidades las asumía con buena disposición. Siempre me dio la impresión de estar alegre, casi feliz, casi joven, a pesar de su severidad y sus achaques. No obstante, muy en el fondo de sí mismo, muy a pesar de todas sus sagradas promesas, había unos deberes que le daban mayor brega cada día. Las confesiones lo dejaban sin fuerzas, las visitas impertinentes lo deprimían, las noticias de la televisión lo espantaban, los chismes malintencionados de las devotas lo sacaban de quicio, los necios enredos de los ‘laicos comprometidos’ le fastidiaban en extremo. Las mismas culpas y las mismas indiferencias…

— Acaso, ¿he fallado yo? ¿He, sin saberlo, enseñado esta inconstancia, esta desidia de “contentar groseramente a Dios”, como decía Santa Teresa? ¿He defendido demasiado el perdón y el amor de Dios, al punto de ahogar el temor, don primero del Espíritu Santo?

A los nueve meses de la muerte del padre Mejía caminaba yo de mañana por la carrera cuarenta y dos con cuarta Estadio, en Ibagué, sobre el costado occidental del templo de San Judas, cuando noté que todos, todos los ocobos estaban florecidos. No se veía ni una de las hojas de los árboles; solamente muchas, muchísimas flores rosadas, carnosas y traslúcidas. Había mucha luz. Lo supe y sonreí: ¡Mejía no me va a dejar en paz hasta que escriba el artículo!

Leonardo Solanilla leo.solanilla.cha@gmail.com

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